El Dios de los Montes y de los Valles

🌄 El Dios que te sostuvo en la montaña es el mismo que te guarda en el valle.

Un rey pagano se burló de Israel después de ser derrotado en la montaña: “Su Dios es dios de los montes; si peleamos en el valle, ganaremos”. Volvieron a atacar… y volvieron a perder. ¿Por qué? Porque Dios quiso dejar claro algo que atraviesa la historia y nuestra vida: Él es Dios de la montaña y del valle también (cf. 1 R 20:23,28).

En la cima la vista es amplia: metas cumplidas, puertas que se abren, oraciones contestadas. Allí nos resulta fácil levantar las manos y decir “Dios es bueno”. Pero hay días en el valle: diagnóstico incierto, cuentas apretadas, silencios largos, cansancio que no se quita. En el valle no solo cambia el paisaje, sino que afecta el corazón: dudamos, nos pesa la fe, confundimos el silencio de Dios con su ausencia.

A Israel, Dios le habló así: “Por cuanto dijeron: ‘Jehová es dios de los montes y no de los valles’, entregaré en tu mano a todo este gran ejército, para que sepáis que Yo soy Jehová” (1 R 20:28). La batalla se convirtió en un mensaje, una declaración de Dios. El campo bajo, sin ventaja aparente, fue el lugar donde Dios se reveló.

Nuestro pacto con Él no se firma solo en atardeceres dorados. Como en los votos matrimoniales, el amor del Señor permanece en la riqueza y en la pobreza, en la tristeza y en la alegría, en la salud y en la enfermedad. Cristo selló ese pacto con su sangre. Él perdona nuestros pecados, nos sostiene y transforma nuestros corazones ya sea en la luz de la cumbre o en las sombras del valle.

Si hoy estás arriba, adora sin orgullo. Si estás abajo, espera sin miedo. La fidelidad de Dios no depende de la altitud del terreno, sino de la altura de su gracia. Y en todo —cima o valle— podemos decir con paz: somos de Cristo, y Cristo es nuestro.


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