Detente y Considera: El Reino de Dios en lo Cotidiano

🌵 El Reino de Dios va tan “rápido” que hoy muchos ignoraríamos una zarza ardiendo en el desierto.
Lo digo a propósito así, entre comillas, porque el ritmo del Reino no es frenético; somos nosotros los acelerados. Moisés “se dijo: me acercaré para ver esta gran visión” (Éx 3:3). Antes de oír su nombre, antes de quitarse las sandalias, se detuvo. Ese pequeño gesto abrió una conversación con el Dios Santo.

Si soy honesto, muchas veces yo no me detengo. Corro de reunión en reunión, de pendiente en pendiente, con la mente partida en mil pestañas. Y lo cotidiano pierde peso: el café humeante, la risa breve, el cielo que cambia de color. Jesús nos dio otra estrategia: “Mirad las aves… Considerad los lirios” (Mt 6:26–29). La contemplación es el entrenamiento de los ojos y del alma para ver lo sagrado en lo común. El libro de Job lo resume así: “Detente y considera las maravillas de Dios” (Job 37:14).

Me encanta una línea atribuida a Elizabeth Barrett Browning: “La tierra está repleta del cielo, y cada arbusto arde con Dios; pero solo el que ve se descalza; los demás se sientan y arrancan moras.” Qué imagen tan clara: la presencia de Dios no escasea; lo que escasea es la atención.

¿Y si hoy hiciéramos una rebelión tranquila contra el frenesí? No hablo de abandonar responsabilidades, sino de bajar la marcha para recuperar el asombro. Tu corazón solo avanza un latido a la vez y no puedes apurar un momento. Pero hay una sinfonía que podemos perdernos a menos que escuchemos con atención el sonido del cielo en la tierra. Todo puede ser sagrado una vez que abrimos los ojos a la verdad: Dios está presente.

Porque la zarza de Moisés hoy puede ser tu escritorio, el timbre de la casa, la caminata al súper, la conversación con un amigo. El lugar no es el problema; el ritmo sí. Cuando desaceleramos, el corazón vuelve a percibir. Y esa es mi oración por nosotros: que el Espíritu nos enseñe a vivir a paso de zarza.

Tal vez descubras que, sin darte cuenta, empezaste a orar con los ojos abiertos: a agradecer, a pedir perdón a tiempo, a escuchar con paciencia. Y entonces ocurre ese signo silencioso que me encanta: cuando notes que el corazón se te descalza, sabrás que te estás acercando al Santo. Porque en cada esquina hay señales… pero solo los que se detienen descubren que lo ordinario está ardiendo con la presencia de Dios.


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