🧩 A veces la vida se siente como un rompecabezas… y las piezas parecen no encajar.
Las ves regadas sobre la mesa: decisiones, plazos, noticias, conversaciones pendientes. Tomas una pieza, la giras, intentas aquí y allá… y no le ves figura. Si te soy sincero, yo también he sentido ese nudo en la garganta cuando no encuentro por dónde empezar.
Pero hay una verdad que nos quita la presión: Dios ya vio la portada de la caja. Él diseñó el rompecabezas. “Mi embrión vieron tus ojos; y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas” (Sal 139:16). Y le dijo a Jeremías: “Antes de que te formara en el vientre te conocí” (Jer 1:5). No empezamos a ciegas: empezamos acompañados por el Diseñador.
Nuestro problema es que podemos mirar solo una pieza: la de hoy. Y, claro, aislada no dice mucho. Por eso necesitamos dos movimientos del corazón:
1) Confiar en que el Padre sabe qué pieza sigue. Él está armando la figura “una a la vez”, incluso cuando nosotros no vemos el dibujo completo. “Fíate de Jehová de todo tu corazón… y él enderezará tus veredas” (Pr 3:5–6).
2) Obedecer pieza por pieza. La Palabra es como la tapa de la caja: al ir a la Escritura, vemos el diseño completo que Él ve y aprendemos dónde colocar lo de hoy. A veces será una pieza de espera, otras de perdón, otras de valentía.
Y aquí está el centro: Jesús es la pieza principal. No es una más en el borde; es la que le da sentido a todas. “En Él todas las cosas subsisten” (Col 1:17). Si Cristo no está en el centro, las piezas se nos vuelven ruido. Con Cristo en el centro, el trabajo, la familia, los sueños y aun las heridas encuentran lugar y proporción. Como diría Pablo: “todas las cosas cooperan para bien” (Ro 8:28) cuando Él es el Señor de la mesa.
Parte de la emoción de armar un rompecabezas es ver cómo, pieza a pieza, la imagen empieza a aparecer. Haz hoy lo mismo con tu vida: entrégale al Padre la pieza de este día, busca su voz en la Palabra y colócala sin forzarla. No necesitas entender toda la figura para obedecer el paso que sigue. Cuando pongas a Jesús en el centro, las demás piezas sabrán a dónde ir. Y llegará un momento—no por prisa, sino por fidelidad diaria—en que mires la mesa y reconozcas el diseño: no eras tú sosteniendo la imagen, era el Artesano sosteniéndote a ti.

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